domingo, 18 de mayo de 2008

De Animae Bestiarum, XXIV

DE LA LUCIÉRNAGA DE LA INUTILIDAD

Dice Alcibíades Mepida que la tierra no es en realidad mucho más sólida que un ser humano, ya que el fuego, el aire y el agua ganaron hace tiempo la batalla y, por tanto, Gea está tan colmada de cavidades como el interior de un hombre adulto. En la boca de uno de esos agujeros malditos, en la Galia meridional, habitaba un ser tan curioso como minúsculo. Sabemos de él sólo por Heracles el semidiós, del cual es sabido que en su bajada a los infiernos hubo de probar muchas puertas antes de dar con la correcta. En ese intento le sorprendieron las innumerables luces que titilaban en la oscuridad de la cueva, a guisa de firmamento soñado por Hades para su infierno, torpe remedo del cosmológico y real, que aparecía en los sueños del dios del infierno lleno de verde y azul por el mefistofélico humor del azufre y el lapislázuli. Heracles se acercó, cogió un par de luciérnagas en su poderosa e invicta mano y, cerciorándose de que la cueva no proseguía hasta el tártaro, se dirigió a la salida. Cuando los rayos de Febo lo cegaban pensó cuán fútil era la vida del insecto: dar luz donde nadie puede apreciarla. Si el semidiós fuera más amante de la filosofía natural que de las artes de Ares no hubiera aplastado las luciérnagas y hoy sabríamos si daban luz para aparearse, alimentarse o por el mero placer de hacerlo.

JL Muñoz Expósito, mayo 2008

1 comentario:

Agustín Lozano de la Cruz dijo...

Genial. El bestiario gana con cada nueva entrega, esta es más extensa y elaborada que las anteriores. Lo mejor de todo, el comienzo.

Nos leemos.