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jueves, 17 de enero de 2008

Festín de Cuervos


Discute Martin en su epílogo al tomo IV de Canción de Hielo y Fuego si es mejor decir la mitad sobre todos los personajes o decirlo todo sobre la mitad de ellos. Él se ha decantado claramente por la segunda opción en esta entrega.

Esto hace que el tomo sea más una transición que una continuación, con lo que, a mi juicio, el nivel se resiente. El problema, sobre todo, recae en el tempo de la novela. Ya acabó el verano, se acerca el invierno, pero el tiempo se ha detenido en un otoño semicálido donde los acontecimientos más que suceder, se acumulan. A los innumerables personajes de la saga se añaden en esta parte un rosario de nuevas personalidades que, en general, añaden nuevas perspectivas a la serie. Además, ciertas partes de la geografía de poniente, como Dorne y la Ciudadela de Antigua, así como Braavos, que nunca habían sido más que una referencia lejana, pasan a cobrar un protagonismo importante.

No voy a desvelar nada de la trama, sólo me atrevo a señalar los personajes presentes (Cersei, Jaime, Brienne, Sansa (Alayne), Arya (Gata de los Canales), Samwell), y los ausentes (Jon, Tyrion, Stannis, Bran, Danyeris...).

El placer de a lectura ha sido mayúsculo, desde luego, pero si en las anteriores entregas fue de cuerpo 24, esta vez de tipo 12.

domingo, 25 de noviembre de 2007

Perlas I

Izzi, M., "Diccionario Ilustrado de los Monstruos"

Los antiguos europeos creían que la barnacla (Linneo, anser bernicla) era un "pato vegetal", pues pensaban que nacía de las lapas, moluscos bivalvos con pedúnculo Lepas Anatífera que crecen en los troncos a la deriva. Esta creencia llegó a justificar, incluso, que la barnacla no "contara" a la hora de no comer carne los viernes de cuaresma.

JL Muñoz

sábado, 24 de noviembre de 2007

Neuromante, a estas alturas


Acabo de leer Neuromante, diez años después de tiempo (como casi siempre). Recuerdo cuando leí entonces, en aquellos primeros Babelia que devoraba con anhelo, sobre la proclamada "biblia del movimiento cyberpunk"... Hoy día, con algunas lecturas más a mis espaldas, me pregunto si hay para tanto, pero lo que es indudable para cualquiera es el carácter visionario del libro de Gibson.

Hay una leyenda urbana sobre la ininteligibilidad de esta novela, que se atribuye sobre todo a la traducción española (hecha por unos Arconada & Ferreira que la leyenda quiere jóvenes informáticos con pocas o ninguna ínfula literaria, a quienes se les cruza en el camino una tarea imposible que los condena a desaparecer tras esta traducción en un agujero del ciberespacio). Otras teorías apuntan a la impericia de un joven Gibson, o a la búsqueda de un estilo "ciberpoético". Lo cierto es que entre la abstrusa narración, llena de surrealismo voluntario (o no), exotismos ambientales, fetiches anacrónicos y cacharrería futurista y ya polvorienta, se desprende un "algo" que uno no sabe si es mérito o azar, obstáculo o estilo (palabra en adelante clave para el movimiento cyberpunk), pero que resulta fascinante.

Neuromante "es" un mundo nuevo, y como tal ha de resultar extraño y desapacible como ese cielo "del color de una pantalla de televisor sintonizado en un canal muerto". La mezcla casi consanguínea de lo virtual y lo real da vida a una mitología nueva, un espacio liberador y sin barreras del que Gibson, en un final nada disimuladamente extático, nos insinúa apenas las líneas maestras, toda una geografía por explorar. Al fondo el anhelo de siempre, la inmortalidad, en ese territorio hecho de silicio y sueños, tan permeable a la metafísica, habitado por fantasmas que se agazapan en los rincones vectoriales y apenas texturados de un ciberespacio que ya nos queda añejo.

El tono noir es lo de menos, algo logrado sólo a medias, asesinato imposible incluido. Los personajes son adecuadamente antipáticos, tan "muerte del afecto" que acabas queriéndolos sin remedio. La novela "se habita", y resulta doblemente difícil salir de dentro (al fin y al cabo hay dos espacios de los que escapar, el real y el virtual). Después de Neuromante, Matrix parece (aún) menos original.

Poco importa, pienso diez años después, que el enemigo no compareciera. Cuando nos preparábamos para combatir el futuro, guerrilleros de aula universitaria, Neuromante y todos sus hijos (la mayoría bastardos) nos avisaban del mundo en que viviríamos, urgiéndonos a la acción, a levantar barricadas contra esa ciber-invasión que se nos avecinaba. Hoy la tranquila vida de la provincia sigue pareciendo tan acartonada como siempre, y un halo de decepción se respira entre los restos desperdigados de la tropa, que olisqueamos el aire como a la espera aún de ese fin del mundo (ese apocalipsis digital, tan temido y anhelado) que le daría un sentido a nuestros miedos.

No importa, digo. Lo que importa, y en ese sentido leer Neuromante a estas alturas adquiere otra dimensión, es recordar al enemigo que se recortaba en el horizonte. Como dicen los delfines en Hyperion (el de Simmons, no el de Keats) cuando se les pregunta qué echan a faltar en ese idílico mundo futuro de islas paradisiacas que habitan: extrañamos Tiburón.

Neuromante, como todas las buenas novelas de ciencia-ficción, está plagada de tiburones.