
Al arribar a la ciudad de Oporto el viajero se encuentra cansado, pero sabe que el motivo del agotamiento no es el trayecto, sino la ciudad. Oporto hace honor a su fama decadente, y empeora con los siglos al contrario que sus vinos. La magnitud del puente Eiffel habla de un pasado glorioso convertido en presente histórico para turistas al por mayor. Desde el monumental Ayuntamiento hasta la ribera todo es cuesta abajo, como viene siendo la importancia de la ciudad, que hasta en sus precios hace asequible el lujo para el viajero de la oportunidad. Almorzar en el palacio de la Bolsa no es ya coto privado del hombre de negocios, sólo privilegio del viajero persistente y pertrechado. Una ciudad basada en contrastes que ya no existen tiene la obligación de ofrecer un tesoro escondido para asombro del viajero: la librería Lello se yergue al cabo de una calle menos empinada de lo que cabría esperar, cerca de la torre de los Clérigos que es también atalaya hacia las bodegas al otro lado del Duero. La ciudad está llena de iglesias pero esta es su catedral de libros, y al igual que en los templos donde la vista se centra en las estatuas para no contemplar al dios, en la librería Lello el viajero es incapaz de mirar los libros. Aunque hay profusión de ellos incluso en ediciones de lance, su atención se centra en la escalinata ciclópea, voluptuosa, y a través de ella el viajero asciende al piso superior. Allí arriba, fascinado, vuelve la vista para encontrar una vidriera quebrada por el sol y, bajo ella, tres recoletas mesas de café. Entonces el viajero comprende que sólo en la ciudad de Oporto era posible hallar, aun sin buscarlo, el equivalente grandioso de un lugar extinguido por bohemio y que una vez estuvo en la ciudad fronteriza a la que el viajero, renuente, deberá regresar.
8 comentarios:
Tuve la oportunidad de conocer la maravillosa ciudad de Oporto compartiendo un puente de la Inmaculada con L Malaletra, Ángela(s) y Ana. Fue estupendo, una ciudad húmeda mucho más entrañable que la dura Lisboa. Sin embargo no tuvimos la dicha de dar con esta estupenda librería. Mucho mejor; es obligada la vuelta.
Oporto es como un libro, sólo merecen la pena los que hay que releer
Oporto (más el recolguín a la vuelta de Batalha), supuso incluso un relato a dos manos sobre gárgolas y desamores, por ahora inconcluso.
jeje... me encantaría leer ese relato, concluso o no.
"EL viajero renuente, persistente y pertrechado" no debería ser tan duro con las ciudades, menos aún con las decadentes, que tienen cierto encanto (precisamente, el de la decadencia) a poco que se sepa mirar. Desde mi escasísima experiencia (de viajero, supongo, demasiado renuente) aprecio mucho la semblanza de ciudades visitadas, mientras preparo un viaje a una ciudad con rostro de mujer y ordeno mis recuerdos de Montevideo, la ciudad de todos los vientos, para hacerla al fin novela...
Y sí, en todas las ciudades hay refugios, lugares donde uno de pronto se reconoce e inmediatamente hace propios, repitiendo en cada visita. Yo recuerdo otra librería mucho más modesta, la montevideana Puro verso, deliciosa librería con sabor a viejo que ofrece un rincón al café y la lectura... La particularidad es que el rincón está al lado de la puerta (abierta, como en todas las librerías montevideanas), poco o nada protegido de los vientos que soplan desde el Río de la Plata y sacuden cruentos al viajero que, entre sorbo y sorbo de café, debe protegerse de la mordedura del frío mientras pasa páginas con dedos congelados...
(Más en "Borrarte en Montevideo", la nueva novela de Julio Abelenda... coming soon)
Hablemos de ciudades, y de las obras que nos inspiran.
De las ciudades que he visitado, las que me han parecido más literarias: Praga, Danzig, Marrakesh, Londres, Pompeya, Roma, Oporto, Santiago de Compostela, Carcasona, Konnisvag, Cracovia...
Las que menos: Zurich, Barcelona, París, Bruselas, Viena, Estrasburgo, Oslo, Varsovia...
Aunque esto depende más, creo, de uno mismo que de las propias ciudades...
Señor montevideano, debe usted saber que mi viajero no es duro, pero tampoco condescendiente. Por lo demás, agradezco su entusiasmo y el de Maese D'Artagnan en la glosa.
Y ahora es cuando me lanzo sin paracaídas y propongo: ¿qué os parece resucitar también el blog gemelo a este con una serie de entregas sobre ciudades? puede ser a la manera de las invisibles de Italo Calvino, o en el estilo que cada cual prefiera. Unas 30 líneas, sin plazos, sin orden ni turnos...
Que alguien empiece, yo me apunto después, cuando vea el tono. Sea cual sea el tono y la intención, prometo seguir.
Me refería a que este Oporto sirviera de inicio, pero como veo que no hay muchas ganas y tampoco es cuestión de repetir entrada en el otro blog, acabo de colgar algo que quise hacer en su momento, hace ya casi tres meses.
Todo tuyo si te apetece continuar JL, si no tampoco pasa nada, aunque no parece que haya ningún otro mosquetero dispuesto a recoger el guante.
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