viernes, 27 de junio de 2008

Janto y Balio


Y hablando del dolor, ¿qué puedo decir de lo que pasó con Janto y Balio? Eran los caballos inmortales de Aquiles, y habían llevado a Patroclo a la batalla. Cuando Patroclo cayó, Automedonte se los llevó lejos de la contienda, pensando que los pondría a buen recaudo haciéndolos galopar hasta las naves. Pero ellos, cuando estuvieron en medio de la llanura, se detuvieron, de improviso; se quedaron quietos porque su corazón estaba destrozado por la muerte de Patroclo. Automedonte intentaba hacer que caminaran, fustigándolos o suplicándoles con dulzura, pero ellos no mostraban la más mínima intención de regresar a las naves, permanecían inmóviles, como una estela de piedra sobre la tumba de un hombre, con los hocicos rozando el suelo, y lloraban, lágrimas ardientes. Sus ojos, eso dice la leyenda, lloraban. Ellos no habían nacido para sufrir la vejez o la muerte, ellos eran inmortales. Pero habían cabalgado al lado del hombre, y de él habían llegado a aprender el dolor: porque no hay nada sobre la faz de la tierra, nada que respire o camine, nada tan infeliz como lo es el hombre. Al final, bruscamente, los dos caballos se lanzaron al galope, pero hacia la batalla; Automedonte intentó detenerlos, pero no había nada que hacer: echaron a correr en medio del tumulto, como habrían hecho durante el combate, ¿comprendéis? Pero Automedonte, en el carro, estaba solo, tenía que sujetar las riendas, pero estaba claro que no podía empuñar las armas, de manera que no podía matar a nadie; ellos lo llevaron hacia los guerreros y hasta el centro de la contienda, pero la verdad es que él no podía luchar, la verdad es que parecía un carro enloquecido, que cruza la batalla como un viento, sin derramamiento de sangre, absurdo y maravilloso.


Alessandro Baricco. "Homero, Ilíada".

miércoles, 18 de junio de 2008

La delicia de los cuervos


Cada vez que alguien pretende entrar en la Ciudadela, una gota de sudor atraviesa el rostro cuarteado del guerrero. Su oficio de centinela no le deja otra opción: se acerca al rastrillo con paso firme y, a través de la celada que le hace sentirse prisionero de su propio destino, exclama:

–¡Alto! ¿Quién vive?

Al otro lado, una mano cubierta de sudor se adelanta para hacer entrega de lo que parece ser un salvoconducto. El hombre va vestido con una librea dorada y carmesí, los colores de la Ciudadela. Detrás suya, dos escoltas bien armados lo flanquean y sujetan las riendas de sus monturas. Imposible que haya cruzado el desierto de esta guisa, piensa el centinela, intenta impresionarme con sus ropas de gala. Es el turno de noche, cuando el frío del desierto empapa la Ciudadela y los aullidos de los chacales, muy lejanos, se confunden con las lamentaciones de la muchedumbre acampada alrededor de la muralla.

–No –dice el guerrero tras echar el vistazo de rutina al documento–. No puede pasar.

–¿Cómo? Eso es inadmisible. ¡La Ciudadela no puede negar la entrada a nadie del linaje de Acher!

–Mire sus manos. Está contaminado.

El puño derecho del viajero se cierra sobre el inútil pergamino, aplastándolo. Era su esperanza, la oportunidad última de pedir asilo en las Casas de Curación, el único lugar donde se dice que la peste puede ser contrarrestada. Dos noches atrás sus hombres y él comenzaron a sudar a pleno sol, el líquido acuoso y amarillento que jamás había conocido su pueblo y que los delata como enfermos. Tenía que intentarlo. Un Caballero de Acher no puede rebajarse a pasar sus últimos días vagando entre la turba apestada de los arrabales. Antes de que el guardia termine de darle la espalda, logra sujetarlo del brazo acorazado y tira de él hacia el rastrillo.

–Abra la puerta. Hágalo o mis hombres le convertirán en delicia de los cuervos.

El centinela sólo tiene que levantar el brazo que le queda libre y extender la palma de la mano para que una panoplia de flechas caiga sobre el caballero y su escolta. Vuelve a su puesto bajo el adarve, cabizbajo, lamentando lo sucedido. Una nueva gota de sudor se desliza por su frente. Está tentado de quitarse el yelmo y acabar de una vez, pero no puede faltar a su deber con la Ciudadela. Afuera, los gritos y los aullidos se mezclan con el aleteo de una nube de pájaros negros que se acerca.

jueves, 12 de junio de 2008

Incertidumbre


Mucho peor que la muerte es el miedo a la muerte. Esta perogrullada nace de la incertidumbre, de saber que la fecha de caducidad está escrita a fuego sobre tu envase pero no puedes leerla. Asusta reconocer que tu carne viva, sintiente, generadora, pensante, va a convertirse en el polvo inmundo de las tumbas, de las soledades, de los silencios. A lo que se añade la extraordinaria sensación de que te queda algo por decir y no sabes si tendrás tiempo. Que en cualquier mom

José L. Muñoz, junio 2008