miércoles, 18 de junio de 2008

La delicia de los cuervos


Cada vez que alguien pretende entrar en la Ciudadela, una gota de sudor atraviesa el rostro cuarteado del guerrero. Su oficio de centinela no le deja otra opción: se acerca al rastrillo con paso firme y, a través de la celada que le hace sentirse prisionero de su propio destino, exclama:

–¡Alto! ¿Quién vive?

Al otro lado, una mano cubierta de sudor se adelanta para hacer entrega de lo que parece ser un salvoconducto. El hombre va vestido con una librea dorada y carmesí, los colores de la Ciudadela. Detrás suya, dos escoltas bien armados lo flanquean y sujetan las riendas de sus monturas. Imposible que haya cruzado el desierto de esta guisa, piensa el centinela, intenta impresionarme con sus ropas de gala. Es el turno de noche, cuando el frío del desierto empapa la Ciudadela y los aullidos de los chacales, muy lejanos, se confunden con las lamentaciones de la muchedumbre acampada alrededor de la muralla.

–No –dice el guerrero tras echar el vistazo de rutina al documento–. No puede pasar.

–¿Cómo? Eso es inadmisible. ¡La Ciudadela no puede negar la entrada a nadie del linaje de Acher!

–Mire sus manos. Está contaminado.

El puño derecho del viajero se cierra sobre el inútil pergamino, aplastándolo. Era su esperanza, la oportunidad última de pedir asilo en las Casas de Curación, el único lugar donde se dice que la peste puede ser contrarrestada. Dos noches atrás sus hombres y él comenzaron a sudar a pleno sol, el líquido acuoso y amarillento que jamás había conocido su pueblo y que los delata como enfermos. Tenía que intentarlo. Un Caballero de Acher no puede rebajarse a pasar sus últimos días vagando entre la turba apestada de los arrabales. Antes de que el guardia termine de darle la espalda, logra sujetarlo del brazo acorazado y tira de él hacia el rastrillo.

–Abra la puerta. Hágalo o mis hombres le convertirán en delicia de los cuervos.

El centinela sólo tiene que levantar el brazo que le queda libre y extender la palma de la mano para que una panoplia de flechas caiga sobre el caballero y su escolta. Vuelve a su puesto bajo el adarve, cabizbajo, lamentando lo sucedido. Una nueva gota de sudor se desliza por su frente. Está tentado de quitarse el yelmo y acabar de una vez, pero no puede faltar a su deber con la Ciudadela. Afuera, los gritos y los aullidos se mezclan con el aleteo de una nube de pájaros negros que se acerca.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Solamente un detalle: "detrás suya" debería ser "detrás de él". Una referencia: http://aula2.elmundo.es/aula/noticia.php/2002/04/15/aula1018625373.html

Anónimo dijo...

http://aula2.elmundo.es/aula/noticia.php/2002/04/15/aula1018625373.html

Anónimo dijo...

A ver ahora: http://aula2.elmundo.es/aula/noticia.php/2002/04/15/ aula1018625373.html