domingo, 18 de mayo de 2008

De Animae Bestiarum, XXIV

DE LA LUCIÉRNAGA DE LA INUTILIDAD

Dice Alcibíades Mepida que la tierra no es en realidad mucho más sólida que un ser humano, ya que el fuego, el aire y el agua ganaron hace tiempo la batalla y, por tanto, Gea está tan colmada de cavidades como el interior de un hombre adulto. En la boca de uno de esos agujeros malditos, en la Galia meridional, habitaba un ser tan curioso como minúsculo. Sabemos de él sólo por Heracles el semidiós, del cual es sabido que en su bajada a los infiernos hubo de probar muchas puertas antes de dar con la correcta. En ese intento le sorprendieron las innumerables luces que titilaban en la oscuridad de la cueva, a guisa de firmamento soñado por Hades para su infierno, torpe remedo del cosmológico y real, que aparecía en los sueños del dios del infierno lleno de verde y azul por el mefistofélico humor del azufre y el lapislázuli. Heracles se acercó, cogió un par de luciérnagas en su poderosa e invicta mano y, cerciorándose de que la cueva no proseguía hasta el tártaro, se dirigió a la salida. Cuando los rayos de Febo lo cegaban pensó cuán fútil era la vida del insecto: dar luz donde nadie puede apreciarla. Si el semidiós fuera más amante de la filosofía natural que de las artes de Ares no hubiera aplastado las luciérnagas y hoy sabríamos si daban luz para aparearse, alimentarse o por el mero placer de hacerlo.

JL Muñoz Expósito, mayo 2008

martes, 6 de mayo de 2008

Dios los cría


Javier Marías concluye una novela. En Alfaguara se ponen a tocar el tam-tam. Los tambores de guerra retumban en Miguel Yuste 40.
--Hay que darlo todo, amigos --ordena el mandamás--. Prisa espera que cada hombre (y cada mujer) cumpla con su deber.
Y empieza el bombardeo de entrevistas a Javier Marías en todos los suplementos de El País, Bobelia, Tontaciones, en EPS, en el de Moda ("Las corbatas de un autor"), en el de motor ("Un escritor peatón"), en las páginas de Economía ("La cartera de valores del autor español más leído en Alemania"), en el de Cocina ("'Almuerzo un sencillo emparedado' confiesa Marías") y hasta en las páginas de Nuevas Tecnologías ("Abomino de los ordenadores, ¿qué pasa?").
--¡Más madera! --reclama el mandamás--. ¡Kamizake, kamikaze: es la tempestad que sólo pueden desatar los dioses!
Se fotografía a Marías en todas las posturas concebibles (la mayoría de ellas, bastante forzadas), se encarta con el diario un capítulo de la novela y, a la semana siguiente, como obsequio, una maquinilla de afeitar del propio Marías. Llueven Marías a cántaros, como capuchinos de punta, qué le vamos a hacer. ¿A quién le importa?
En realidad, a todo el mundo le da lo mismo. ¿A todos? ¿A todos-todos? ¡No! ¡Ni hablar! Hay un irreductible galo que se resiste ahora y siempre al protagonismo de Marías.
Mientras come un jabalí, que ha cazado con sus propias manos, el irreductible, vestido con chaleco de pescador de truchas, examina El País y siente el hervor de su propia sangre que le hincha la yugular. La envidia le reconcome. Prueba a degollar dos delfines para tranquilizarse, pero sin éxito. Escabecha un oso panda. Nada le tranquiliza: él no puede consentir que Marías salga tanto en la prensa. ¿Y él? ¿Es que él ya no existe? ¿Él, que vende más que nadie? No está dispuesto a dejarse robar plano. No, señor. Antes muerto que sencillo.
En Miguel Yuste 40, en su despacho alicatado hasta el techo de fotos abrazado a premios Nobel, Juan Cruz pasea nervioso. Tiene un presentimiento: le van a regañar. Algo le dice que se la va a cargar.
No se equivoca: suena uno de sus siete móviles. Descuelga y oye oleaje, silbidos de balas, gemidos de placer de mujeres de todas las edades y entrechocar de espadas. Lo que Juan Cruz se temía.
--¡Juanito! --grita una voz de trueno.
Es el Übermensch de las Letras, el Protomacho plumífero, el Megavendedor de novelas.
--Dime, Arturo, dime, te oigo mal, parece que no hay demasiada cobertura --explica Juan con voz melindrosa, almibarada y deferente.
--Me cago en todo. Estoy en alta mar. Coño. Joder. Mierda. Cojones. A mí no me sacáis tanto como a Marías, mi amigo Marías, me cago en todo.
--No te pongas así, Arturo, es que Javier acaba de publicar una novela.
--¡Que novela ni que ocho cuartos, Juanito, no me toques los cojones!
--No, claro, no, tú tranquilo, Alatriste. Lo vamos a arreglar, pierde cuidado.
Dicho y hecho. Al día siguiente una página y media de entrevista a Pérez-Reverte, con sus dos fotos, dos, sin venir demasiado a cuento, con la mínima percha de una edición en bolsillo.
Juan Cruz, trémulo, melífluo, admirativo, se pregunta en el titular: "¿Cómo se siente un escritor así?"
¿Que Marías reflexiona e intelectualiza? Arturo no se queda atrás. Dice de un libro suyo:
"Fue un acto de reflexión, intenso y agotador. Es de las novelas que me han dejado más exhausto en cuanto a intensidad. Y eso que es relativamente corta".
Formidable, dos soberbios ejemplares entrechocando los cuernos para demostrar ante la manada quién la tiene más grande o quién reflexiona más y con más cansancio.
Pérez-Reverte escribe libros con: "Duras conclusiones. Amargas, descarnadas. Un libro muy fuerte y muy duro".
Luego añade:
"Yo era un cazador; podría haber cazado animales, obras de arte, pero lo que cazaba eran imágenes. Yo sabía cazar la vida".
¡Guau!
Después habla de El Club Dumas, con la humildad que le caracteriza:
"El libro surge como un desafío, en un tiempo en que no se hablaba de clubes ni de nada de esto: fui un pionero. Fue una apuesta, y es el libro más agresivo que he hecho en plan desafío a lo que se estilaba en ese momento. Una declaración de principios. Estaba más solo que la una. Es un libro con una estructura complejísima [...] Pero sobre todo fue una patada en los cojones a los que tenían secuestrada la literatura en ese momento".
¡Guau, guau! Cuánta testosterona, literatura que procede directamente de los testículos, escrita con "los cojones del alma", que diría Miguel Hernández.
Menos mal que, cada vez que la literatura está en peligro, viene Alatriste al rescate, como el Séptimo de Caballería.
Cuidado, amigos, no estamos ante un inculto, nuestro hombre es académico (es de la Española, no de la Lengua, Juan Cruz) y:
"Cada semana sigo leyendo al azar a Virgilio, a Homero, a Chateaubriand, a Conrad".
¡Toma ya! ¡Y dos huevos duros!
De La reina del Sur presume Pérez-Reverte que "hasta los narcos la han leído, en Mëxico". Es una "novela musical", afirma. En las obras de Pérez-Reverte hay de todo, como en Saldos Arias: reflexión, acción, desgarramientos, intensidad, estructuras metálicas, música, oportunidades, rebajas y además se hacen arreglos a la ropa y se da la vuelta a los abrigos.
Y así hasta la extenuación.
Juan Cruz pone un titular con su declaración más importante y delatora del motivo de la entrevista:
"Soy un lector todo el tiempo, no soy un escritor, no soy Javier Marías".
Mensaje recibido, Arturo.
Al final, la entrevista se convierte en un formidable delirio paranoico. Al parecer, a Pérez-Reverte le persiguen unas malvados para acabar con su vida. ¿Será el profesor Bacterio, los pieles rojas o Fumanchú?
"No voy a dejarme matar. [...] Si un día me echan de este país, me voy a Francia, escribo allí, o en Italia o en Argentina. [...] Hay que morir matando".
Estremecedor, Arturo: se me ha puesto toda la carne de gallina.
¿A ti no te pasa? ¿A ti no te preocupa la persecución que sufre Pérez-Reverte?



Del blog de Rafael Reig, autor de 'Sangre a borbotones'. Enviado vía email por el ilustre César V.

lunes, 21 de abril de 2008

De Animae Bestiarum, Tercera Época, XXIII

XXIII EL TIGRE DE LA INDECISIÓN

Era acostumbrado que los hijos de los nobles alejandrinos aprendieran la gramática escuchando y copiando las historias de los viejos papiros guardados de la podredumbre por sus venerables maestros. Uno de los más influyentes grecojudíos en tiempos de los ptolomeos dejó escritas algunas de las leyendas que aprendió de niño, aunque la mayoría de los escoliastas señalan cuánto añadió de su propia cosecha. Destaca el texto que narra las visicitudes de los caravaneros que arribaban a Petra trayendo fuego, misterios y bellas esclavas. Contaban que existe en las selvas de los hindúes un animal hecho de silencios, rayado a fuego por los dioses crueles, con dientes infectos que cuelgan de su fiero rostro. Pecados de especie que nadie conoce han condenado a este tigre a vagar con hambre insatisfecha, rodeado de una espesura tan rica en alimento que no acierta a decidir a quien matar. Cuando el hambre es tan grande que resuelve que toda víctima es apetecible, ya no tiene fuerzas para cazar, y muere. Su piel semidescompuesta y sucia sirve de escondrijo a sabandijas y serpientes.

J L Muñoz Expósito, abril 2008

miércoles, 9 de abril de 2008

Las chicas perdidas


Acaba de publicarse en España la última obra del genio del cómic Alan Moore, y no parece que tenga mucho que ver con sus trabajos anteriores: "Las chicas perdidas" es una novela gráfica "X", o sea erótica, o sea porno, la etiqueta es lo de menos. Lo interesante es el dibujo, obra de su mujer Melinda y con influencias de artistas como Klimt, y el argumento: las chicas perdidas son las ya adultas protagonistas de Alicia en el País de las Maravillas, El mago de Oz y Peter Pan. Alicia, Dorothy y Wendy se conocen y reflexionan sobre las aventuras de la infancia, en las que según parece muchos han querido ver fuertes simbolismos sexuales. Desde luego no es la primera vez que los cuentos populares son interpretados como ritos de iniciación al sexo, véase por ejemplo "En compañía de lobos", dirigida hábilmente por Neil Jordan en los ochenta.


Más en El País

domingo, 6 de abril de 2008

De Animae Bestiarum, Tercera Época, XXII

XXII DEL ROSAL DE LA TIMIDEZ

En el Herbolario Clunaciense están consignadas las cinco mil subespecies de la rosa europea. La más curiosa sea acaso la Rosa Escondida de las florestas de Frigia. Es una planta leñosa pero pequeña, de crecimiento rápido y florecimientos fugaces, nocturna, oscura, encogida, invernal. Sus espinas son blandas y sencillas, negras y falaces. Adolece de fototropismo negativo y gusta de esconderse bajo los recios abetos cuajados de nieve, todo lo cual explica su pequeñez y fragilidad. Su primavera es el invierno de las demás plantas, pues florece con la primera helada y su flor no tiene una coloración definida; posee las capacidades miméticas del camaleón.


José L. Muñoz Expósito, abril 2008

jueves, 3 de abril de 2008

De Animae Bestiarum, Tercera Época, XXI

XXI EL ESCARABAJO DE LA PREPOTENCIA

Más allá de las húmedas praderas del Padre Océano hay una isla elevada sobre las ruinas de la vieja Atlántida que sirve de faro y aviso contra las iniquidades de los hombres. Cuando el sol se eleva por sobre las nieblas de la playa, un ejército de grandes escarabajos negros conquista las rojas dunas de fina arena. Ante la presencia de enemigos se hinchan, aumentando en cinco veces su tamaño, bufan, haciendo resbalar sus antenas por sus ojos, un horrible sonido rítmico y amenazante como los tambores de Baco, abren sus élitros y mueven sus alas con tal frecuencia que lo hacen audible en la distancia. Alcanzado el volumen máximo revientan como una pompa de jabón con un ruido crujiente y festivo, no quedando de ellos más que una pulpa blanca y muerta, utilizada por los habitantes de la isla en sus orgías nocturnas.


José L Muñoz Expósito, abril 2008

miércoles, 2 de abril de 2008

Librería Lello, Oporto.


Al arribar a la ciudad de Oporto el viajero se encuentra cansado, pero sabe que el motivo del agotamiento no es el trayecto, sino la ciudad. Oporto hace honor a su fama decadente, y empeora con los siglos al contrario que sus vinos. La magnitud del puente Eiffel habla de un pasado glorioso convertido en presente histórico para turistas al por mayor. Desde el monumental Ayuntamiento hasta la ribera todo es cuesta abajo, como viene siendo la importancia de la ciudad, que hasta en sus precios hace asequible el lujo para el viajero de la oportunidad. Almorzar en el palacio de la Bolsa no es ya coto privado del hombre de negocios, sólo privilegio del viajero persistente y pertrechado. Una ciudad basada en contrastes que ya no existen tiene la obligación de ofrecer un tesoro escondido para asombro del viajero: la librería Lello se yergue al cabo de una calle menos empinada de lo que cabría esperar, cerca de la torre de los Clérigos que es también atalaya hacia las bodegas al otro lado del Duero. La ciudad está llena de iglesias pero esta es su catedral de libros, y al igual que en los templos donde la vista se centra en las estatuas para no contemplar al dios, en la librería Lello el viajero es incapaz de mirar los libros. Aunque hay profusión de ellos incluso en ediciones de lance, su atención se centra en la escalinata ciclópea, voluptuosa, y a través de ella el viajero asciende al piso superior. Allí arriba, fascinado, vuelve la vista para encontrar una vidriera quebrada por el sol y, bajo ella, tres recoletas mesas de café. Entonces el viajero comprende que sólo en la ciudad de Oporto era posible hallar, aun sin buscarlo, el equivalente grandioso de un lugar extinguido por bohemio y que una vez estuvo en la ciudad fronteriza a la que el viajero, renuente, deberá regresar.