jueves, 31 de enero de 2008

Los crímenes de Oxford

La trama

Alex de la Iglesia, a partir de la novela homónima del argentino Guillermo Martínez, pone en juego un puzzle o cluedo cuyo propósito no es tanto descubrir al asesino como constatar la transformación que para los personajes supone verse envueltos en tales crímenes y enfrentarse a la responsabilidad de sus acciones. La peculiaridad de los asesinatos es que se cometen sobre moribundos y, salvo el primero, son imperceptibles, podrían haber pasado por muertes naturales si no fuera por la voluntad del criminal de reivindicar su autoría y desafiar al eminente profesor Arthur Seldom (John Hurt) a un tour de force matemático. Como ya se manifiesta en la escena inicial, el objetivo de la película pasa por resolver la dicotomía de si la realidad puede ser constatada y reducida a través de la lógica, o tan sólo es fruto del azar y por lo tanto imprevisible.

Los actores

John Hurt domina la pantalla con su magnífica capacidad de interpretación, idónea para que el espectador se sienta seducido y engañado a un tiempo. Elijah Wood se desenvuelve con corrección en su papel de joven y norteamericano estudiante de matemáticas una vez superados los primeros minutos de metraje, donde hay que esforzarse para separar de su rostro al pequeño héroe Frodo Bolsón. Leonor Watling es una concesión o regalo que el director hace a su propia lujuria y a la del espectador masculino: se desnuda en varias escenas tan innecesarias como gratificantes (por lo demás, está estupenda en la piel del contrapunto carnal a las obsesiones criptográficas de profesor y alumno).

El resultado

El guión funciona perfectamente (a pesar de contener las trampas inevitables en películas con sorpresa final), si exceptuamos el postrer y confuso episodio del accidente de autobús. La narración se construye a base de diálogos, no de acción, enmarcados en una puesta en escena casi gótica, en una ciudad de Oxford tétrica y ominosa que parece tener ascendencia sobre el comportamiento lunático de los personajes y que nos recuerda al singular periplo oxoniense de Javier Marías en Todas las almas. Alex de la Iglesia domina los clichés del cine de misterio y los sobrepasa para ofrecer uno de esos largometrajes que te mantienen atado a la butaca del cine y, a la salida, sugieren tertulia.

lunes, 28 de enero de 2008

El Timbre


Era lunes por la mañana, creo, todo lo más martes, pues la infinita desazón del engarce cíclico de una semana con la otra pesaba sobre mi mente como la muerte propia. Salí de casa con prisa y cerré bruscamente la puerta. La oscuridad más absoluta reinaba sobre el rellano, sólo el diodo rojo y parpadeante del ascensor en uso delimitaba la realidad de la noche eterna. Queriendo encender la luz, apoyé mis dedos sobre el timbre de mi propia casa, vacía a esas horas. Sonó un ding dong reverberado de soledad y ausencia. Cuál no fue mi sorpresa cuando oí pies que se arrastraban de sueño hacia la puerta. Una luz se enciende en el hall, y la puerta se abre.

Allí estaba yo, o él, no sé como decirlo. Me miraba, amplia sonrisa. Yo no sonreía. Él adelantó su mano para saludarme. La estreché con fuerza y él hizo lo mismo. Sentí su mano como en ese juego infantil en el que se cruzan los dedos y tocándote con uno sientes dos. Yo me sentí uno, pero era dos. Y él seguía sonriéndome.

Adelanté otra vez mi brazo para ver si tocaba un espejo, pero el entendió mal el gesto y volvió a cogerme la mano, haciendo que su sonrisa derivara en extrañeza, pero sin perder la alegría de sus ojos. Cuando volvimos a separarnos me hice más consciente de la extraña simetría. Éramos uno desdoblado, dos unidos más allá de la física. Pero creo que en toda simetría hay direccionalidad. Él sonreía, yo no. Quizá porque él continuaba en casa y yo había perdido la mía.

J L Muñoz Expósito, Enero 2008

jueves, 24 de enero de 2008

Paratertulia, I


Cuando entró en la cafetería, había ya tres tertulianos con sus cervezas mediadas. Sus manos proseguían la lucha dialéctica en una suerte de batalla por los pocos pistachos que restaban en la góndola de porcelana. Augusto, Germán y Manuel. No había chicas.

Mientras colgaba el abrigo del perchero el camarero se acercó a hacer su pedido. Una Mahou bien fría, por favor. No había acabado de dar la mano a sus amigos cuando se la sirvieron.

- ¿De qué se habla hoy? – preguntó.

El matemático Germán frunció el ceño, Augusto el dentista se encogió de hombros y el comercial Manuel acabó por contestar.

- De Música, tío, pero siempre acabamos en lo mismo.

- Me imagino que en la subjetividad más absoluta, ¿no?

- Efectivamente. No hay manera.

No lo traía pensado, pero una idea le salió a borbotones.

- El otro día estuve pensando la extraña relación que existe entre los instrumentos musicales y el sexo.

Germán volvió a fruncir el ceño, Manuel se mostró sonriente y muy interesado. Pero Augusto dijo:

- No nos jodas con tus vainas, Joselito.

- No en serio, es muy curioso.

- Pon ejemplos.

- A ver. El más fácil. La guitarra eléctrica es un sustituto de la masturbación. Un culto al falo. Ese mástil, acariciando los trastes, esos tonos agudos que van subiendo hacia las escalas más altas en las que la distorsión y la estridencia van a dejar paso a…

- Corta… - dijo Manuel -. Yo en la ducha me lo paso mucho mejor…

- Hombre, no digo que la guitarra sea igual que la masturbación, digo que es un sustitutivo. El sucedáneo de chocolate no es chocolate.

Se calló, miró por la ventana y sorbió la mitad de la cerveza que le quedaba. Germán el matemático salió de su mutismo para decirle:

- Mira, acabo de descubrir por qué te dura tanto la cerveza. Es como la paradoja de Zenón, sí, la de Aquiles y la Tortuga. Sólo te bebes la mitad de la cerveza que te queda en cada sorbo. Con lo cual nunca llegas al final…

- Dinos otro ejemplo de instrumento – cortó Manuel.

- La armónica.

- ¿Con qué relacionas la armónica?

- Es lo más parecido a tener el flikis en tu boca.

- Qué bestia eres – dijeron los tres al unísono- Como se nota que no han venido Marta ni Lorena.

Tuvo que admitir que tenían razón. En su mente profundamente asociativa iban desencadenándose más y más ejemplos.

- Otro muy curioso es el bajo. ¿Os habéis fijado la posición de los dedos al pulsar las cuerdas? No hay nada más parecido a la estimulación del clítoris.

- Tío – le dijo Manuel -. ¿Cuánto llevas sin …?

- Uy, pues hay más. Muchos más. El arpa, la flauta, el saxo, la trompeta, el piano, el violín, la viola y el violonchelo… Pero el mejor es, sin duda, la gaita. Venga, os los dejo como ejercicio.

Se levantaron al unísono, pagaron en la barra y salieron a la fría noche de la ciudad muerta.

JL Muñoz, enero 2008

jueves, 17 de enero de 2008

Festín de Cuervos


Discute Martin en su epílogo al tomo IV de Canción de Hielo y Fuego si es mejor decir la mitad sobre todos los personajes o decirlo todo sobre la mitad de ellos. Él se ha decantado claramente por la segunda opción en esta entrega.

Esto hace que el tomo sea más una transición que una continuación, con lo que, a mi juicio, el nivel se resiente. El problema, sobre todo, recae en el tempo de la novela. Ya acabó el verano, se acerca el invierno, pero el tiempo se ha detenido en un otoño semicálido donde los acontecimientos más que suceder, se acumulan. A los innumerables personajes de la saga se añaden en esta parte un rosario de nuevas personalidades que, en general, añaden nuevas perspectivas a la serie. Además, ciertas partes de la geografía de poniente, como Dorne y la Ciudadela de Antigua, así como Braavos, que nunca habían sido más que una referencia lejana, pasan a cobrar un protagonismo importante.

No voy a desvelar nada de la trama, sólo me atrevo a señalar los personajes presentes (Cersei, Jaime, Brienne, Sansa (Alayne), Arya (Gata de los Canales), Samwell), y los ausentes (Jon, Tyrion, Stannis, Bran, Danyeris...).

El placer de a lectura ha sido mayúsculo, desde luego, pero si en las anteriores entregas fue de cuerpo 24, esta vez de tipo 12.

sábado, 12 de enero de 2008

Dedicado a Ángel González, poeta


"Ciertamente es extraño no poder habitar más la tierra, dejar para siempre de practicar unas costumbres apenas aprendidas, no dar a las rosas y a las otras cosas, que de suyo eran ya una promesa, la significación de un futuro humano; no ser más que lo que se era en unas manos infinitamente angustiadas, y tener que desprenderse aun del propio nombre como quien arroja, lejos de sí, un juguete roto. Extraño no seguir deseando los deseos. Extraño ver todo aquello que nos concernía como flotando suelto en el espacio. Y penosa la tarea de estar muerto".

Rainer Maria Rilke. Las elegías del Duino. Primera elegía (extracto).


Ya nada, ahora

Largo es el arte
la vida en cambio corta
como un cuchillo

pero ya nada, ahora
ni siquiera la muerte
por su parte inmensa
podrá evitarlo.

Exento, libre
como la niebla que al romper el día
los hondos valles del invierno exhalan

creciente en un espacio sin fronteras
este amor, ya sin mí,
te amará siempre.


Ángel González.

martes, 8 de enero de 2008

Dalias en invierno


Truffaut dice que no puede saber si una película es buena o mala cuando solamente la ha visto una vez. Es un cineasta excepcional y un crítico muy acertado, sensato y perspicaz. Un ejemplo de lo que digo: entiende mejor que muchos que el cine de serie B, con su popularidad y su efectismo comercial, esconde no pocas virtudes cinematográficas; las que aportan algunas películas de Alfred Hitchcock y la mayoría de Samuel Fuller. “Disparad contra el pianista” es un buen ejemplo, algo más que un simple guiño cinéfilo, de lo que digo.

Hace tiempo que, un poco hastiado de las decepciones del cine de estreno, decidí convalidar mis ansias cinéfilas con el rencuentro con un puñado de películas de hace varios o muchos años, pelis que, en su mayoría, ya había visto en alguno de los numerosos rincones de a doble sesión que frecuenté en mi juventud. El cine en casa ahora es más fácil que nunca. “No es lo mismo que la pantalla grande”, me dice un buen amigo. Es verdad, ahora estoy convencido de que es mejor.

No puedo decir que todas las películas que he revisitado me hayan gustado tanto o más que la primera vez. No sería cierto. Para no extenderme, he seleccionado tres con las que, por unas u otras razones, he experimentado el placer de El Cine.


1. JOHNNY GUITAR (Nicholas Ray). Considerado como un western crepuscular, cuenta con los buenos elementos del género, sin desmerecerlo. Johnny aparece (luego sabemos que re-aparece) en el salón de Viena, armado de una guitarra y un pasado del que no quiere acordarse. Dicen que todo hombre tiene un precio, y toda mujer un pasado. Aquí es al revés. Dos mujeres que se odian y un muerto antes del primer disparo. Hay una historia que se escurre entre los cortinajes de los escenarios, en unos diálogos secos y a veces broncos, especulando con una tensión que se rompe solo con los estallidos de la dinamita en la cantera próxima. Es un western sin apenas exteriores, solo el rojo de la camisa de Sterling Hayden y el negro del traje de la Crawford. El baile en el salón vacío y clausurado es una escena magistral. “Dime que siempre me has esperado, Johnny. Miénteme”.

2. JULIA (Fred Zinnemann). Lillian (Joan Fonda) es una escritora que ambiciona el éxito, del que no sabe disponer ni disfrutar sin la presencia de su marido y su amiga de la infancia, Julia (Vanesa Redgrave). Elementos de trhiller para una puesta en escena de época cuidadísima: la desaparición, la búsqueda, una organización clandestina, el éxito que naufraga en una Europa que hace aguas durante el nazismo. Un viaje en tren desconcertante, largo y tenso, en el que la viajera desconoce todo lo que le está pasando con esa torpeza del que juega a ser ingenuo. Zinnemann ha hecho películas perfectas, como “Solo ante el peligro” y “Un hombre para la eternidad” y otras simplemente espléndidas. Memorable la escena en que la Fonda intenta encender un cigarrillo sentada en la playa y apoyada en una cimbreante e inservible valla de maderas.
3. LA DALIA AZUL (George Marshal). Confieso mi pasión casi enfermiza por el cine policiaco de los 40s y 50s. Tanto más cuanto que aceptaré sin aspavientos toda sorpresa o crítica mordaz ante la elección de una película tan imperfecta. Un Raymond Chandler con prisas resulta el paradigma del desafuero: dialogos chispeantes de ironia y reproche (“le sientan muy mal las manchas de carmín al cuello de su camisa”) en un argumento deslavazado y a ratos inverosímil. Además, con ser una pareja icónica, Ladd y la Lake (guapos, exitosos, alcohólicos y enfermos mentales) no dan la talla aquí. Y sin embargo hay escenas impresionantes como la paliza y el secuestro de él. Y toda la película exhala un perfume de negritud embriagador. Algo parecido me ha ocurrido con FORAJIDOS (la mejor Ava Gardner en un clásico de Hemingway, The Killers), GARDENIA AZUL (guapisima la Baxter en un sobrio y duro film de Fritz Lang) y LA NOCHE Y LA CUIDAD (imponente Richard Wirdmark huyendo de su sombra por los bajos de la cuidad en busca de la perfecta Gene Tierny, más guapa que Laura, dirigidos por Jules Dassin).

Espero sus propuestas. Blackmail.