V
Siempre pensó que los responsables de marketing de los centros comerciales deberían modificar la monótona letanía –bip, bip, bip- de los productos al pasar por el escáner. Él haría que a una nota siguiera otra, incluso podría formarse la melodía del anuncio de la compañía. En fin, se dijo. Apretujó las bolsas, las atiborró de sus compras, y no con el objeto de ahorrar petróleo, sino por lo mucho que le molestaba cargar con tanta bolsa del garaje al ascensor, del ascensor a casa. Cuando le entregó la tarjeta de crédito a la cajera, se produjo el suceso: sus dedos se rozaron con los de la chica, se miraron, sonrieron. Él le quitaba la ropa lentamente, ella con brusquedad, y se amaron entre dos carros en un parking solitario más allá de la hora de cierre. Eso nunca sucedió, por supuesto, pero el lo imaginó miles de veces y con miles de variantes. Fue la mujer de su vida.
José L Muñoz, marzo 2008
2 comentarios:
Chapeau. Me encantan este tipo de historias, este tipo de personajes. Seres que viven en la sombra, en lo potencial, fantaseando con los materiales mezquinos de lo cotidiano, viviendo historias que se escriben con la mirada, que nunca afloran a la realidad. Es fácil caer, al narrar a estos seres, en el tópico sobre el solitario sensible o en un cierto sentimentalismo alternativo, pero eludes ambos peligros con una tratamiento sobrio "marca de la casa".
Quiero más...
Debo decir que al menos reí, reí con esa idea de música, al pasar las trivialidades y frivolidades que no dejan de componer toda una vida. Esa música lo haría algo más especial sin duda, sobre todo ahora que estamos tan necesitados de cotidianeidad elegante - excuse my spelling please - The lizard
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