Cuesta creerlo, pero queda todavía mucho intelectual jactancioso aferrado a la cultura que no existe. Esa cultura libresca ya no existe pero duele a la manera violenta de los órganos mutilados que se resisten a no ser nada en la atención del cuerpo.
Estos intelectuales que rechazan la sociedad de consumo, la televisión, el móvil, los i-TAL y toda su significación, se aferran al saber del siglo pasado o el anterior. Se aferran como náufragos pero suponen que lo hacen además como mártires y santos. Lo mismo es. La muerte de sus creencias se cumplirá necesariamente en paralelo a la desaparición de sus objetos de culto. Incluso ellos mismos perciben esta fatalidad pero, se dicen, ¿será así para siempre? ¿No sobrevendrá una reacción de la especie en un determinado punto que impida al fin esta barbarie? No vendrá. La decadencia no se encuentra en los nuevos modelos que les horrorizan sino en los elementos carcomidos que estrechan contra su pecho. Morirán juntos y esto es, sin duda, lo mejor. Moriremos juntos, la cultura escrita y nuestra biografía, y así la consolación será tan silenciosa como plena. No habrá cerebro que aúlle registrando el dolor puesto que habrá desaparecido ese artefacto orgánico preparado para gozar o sufrir en un sistema cultural que está siendo destazado. ¿Un mal para el alma de la especie? ¿De qué alma especial se habla? ¿De qué mal particular se trata? Nuestra ética se funde con una ideología segregada por las condiciones materiales o estructurales a la manera de Marx. Cuando la estructura se transforma (abunda la telecomunicación, el intertexto, el hedonismo, el sensacionalismo, lo audiovisual) la ética general se altera, la ideología cambia y la metamorfosis alcanza también a los mitos y, al cabo, la Naturaleza interminable lo factura.
Artículo de Vicente Verdú publicado en su blog. Comentarios a vuelta de página.
viernes, 28 de marzo de 2008
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4 comentarios:
Philip Roth en reciente entrevista en El País hablaba de que el libro ha sido definitivamente derrotado por las pantallas, y que en un futuro nada lejano leer pasará de ser un hábito social a convertirse en una excentricidad para minorías minoritarias (lo comparaba con el coleccionismo de sellos).
La suya y la del señor W (doble uve) me parecen opiniones apocalípticas, muy apropiadas eso sí para subrayar el fatalismo propio de la vejez (en el primer caso), y para dárselas una vez más de cultivado vidente del capitalismo de ficción (en el segundo).
La retórica del amigo W empieza a ser insufrible por estentórea pero eso no elimina su capacidad para generar debate. Está claro que nosotros mismos, aprendices de "intelectuales jactanciosos" (me pregunto si acaso Mr. W no es gran merecedor de su propio calificativo), en razón de nuestra edad hacemos frecuente uso de las pantallas aun renegando de ellas (para muestra, este botón-blog) y en muchos casos con el propósito de propagar la afición libresca que nos une. O sea, que ni tanto ni tan dramático, colega uvedoble.
Creo que en la actualidad conviven las culturas moderna y postmoderna (y algunas otras tantas). Convertirse en un fundamentalista de cualquiera de ellas es un error, y nuestro querido W, mal que le pese a Julio, es un fundamentalista de la postmodernidad. Ni el "pensamiento rígido", libresco, catalogador, instrumental de una antigua modernidad que sabe a otra época ni el "pensamiento fluído", únicamente emocional, superficial, y relativista en extremo, que tanto se parece a la idiotez.
Quizás la mejor opción sea integrar lo bueno y desechar lo erróneo de ambas culturas.
La cultura moderna no es "mala" por estar caduca y no ajustarse a los estándares postindustriales. Quizás cayó en el error de racionalizarlo todo y de no dejar espacio a las subjetividades. Pero eso no se soluciona abandonando las funciones del neocórtex complejo (las que nos caracterizan como homo sapiens, como animal que se expresa mediante el lenguaje) y refugiándonos en ese sistema límbico que compartimos con otros mamíferos(¿Habéis tenido alguna vez un perro? Son pura emotividad).
Cultivemos la razón y la emoción sin hacer que una se imponga a la otra. Seamos tan modernos como postmodernos.
Y yo a lo mío: que cada perro se lama su pija, sea emotiva o racionalmente, claro.
Que las teorías están bien para lo tangible, pero que para todo lo demás...poner etiquetas a las cosas no las hace abarcables, sólo nos las disfraza para que no asusten.
No entro en la discusión de MrW porque se me cae por la base: creo que no es materia discutible. ¿Por qué las cosas tienen que ser buenas o malas, mayoritarias o minoritarias? Si quieres leer, lee, si quieres escuchar el Ipod, hazlo, si quieres criticar al que hace esas cosas, critícalo. Yo prefiero hacer lo que me venga en gana, sin prejuicios morales. En defintiva, dentro de 100 años, todos calvos. Así que me da todo igual.
Yo seguiré con mi Dickens, mi mp3 y mi bicicleta. No estoy para perder el tiempo teorizando sobre el tiempo. Aunque cuando me apetezca lo haga. Todo es una pose, ya sabéis...
Y a mí que me da que cuando Verdú se pone tan apocalíptico siempre tiene una segunda intención... No creo que haya que leerle de una manera literal, hay suficiente contradicción en sus palabras, demasiado abrazar el apocalipsis. Eso sí, en el fondo creo que piensa lo que escribe. O que escribe lo que piensa, que en este caso es lo mismo.
No creo que se deba simplificar tanto y decir que "la modernidad es racional" y "la posmodernidad es emocional". Creo que hay mucha elaboración racional en la posmodernidad, y, lo que a mí más me atrae, el atisbo de un mundo nuevo más narrativo, más subjetivo, en el que el conocimiento se despoja de mitos y se vuelve función de la circunstancia. Véase la obra fotográfica de Sophie Calle, con su especulación probabilística (cuando no directamente narrativa) sobre "los demás al paso". Al fin y al cabo, qué sabemos de los otros... Pero éste es otro tema.
Finalmente, tampoco creo que haya que demonizar toda la modernidad. De hecho, creo que cabe, como item curioso, en el gran parque de atracciones que es la época posmoderna. Lo que sí me parece de juzgado de guardia, y en ese sentido estoy con Verdú, es esa cultura libresca de grimorio arcano cogiendo polvo en una biblioteca universitaria y debatiendo en profundidad la ordenación de libros en una estantería según tal o cual pensador: implicaciones, ramificaciones, fuentes y posibles usos. Eso sí, me parece, está muerto (y bien muerto).
Y sí, Verdú es un intelectual, pero en lugar de navegar en esas procelosas bibliotecas universitarias llenas de monografías herrumbrosas anteriormente mencionadas, se fija en lo que sucede en el mundo. Ese es su valor como intelectual.
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