domingo, 28 de septiembre de 2008

Ribera

Difuminado.

De contornos imprecisos

como los álamos, los chopos,

los juncos y los carrizos

de una acuarela triste de ribera,

de una ribera triste de acuarela.

 

Milenarios.

Los sillares hendidos del puente

como soldados, como tumbas,

como memoria y como el dolor

de una marchita primavera sin flor,

de una flor marchita de primavera.

 

Olvidada.

Y cubierta de tierra la mochila

como los huesos, las semillas,

la esperanza y la redención

de una mañana blanca con tu presencia,

de una blanca prescencia de tu mañana.

 

Húmeda.

La huella fresca en el cieno blando

como las heridas, como la sangre,

como la soledad y el miedo

a un ocaso sordo de la memoria,

a la memoria sorda de tu ocaso.


 José L. Muñoz Expósito

Septiembre de 2008

viernes, 27 de junio de 2008

Janto y Balio


Y hablando del dolor, ¿qué puedo decir de lo que pasó con Janto y Balio? Eran los caballos inmortales de Aquiles, y habían llevado a Patroclo a la batalla. Cuando Patroclo cayó, Automedonte se los llevó lejos de la contienda, pensando que los pondría a buen recaudo haciéndolos galopar hasta las naves. Pero ellos, cuando estuvieron en medio de la llanura, se detuvieron, de improviso; se quedaron quietos porque su corazón estaba destrozado por la muerte de Patroclo. Automedonte intentaba hacer que caminaran, fustigándolos o suplicándoles con dulzura, pero ellos no mostraban la más mínima intención de regresar a las naves, permanecían inmóviles, como una estela de piedra sobre la tumba de un hombre, con los hocicos rozando el suelo, y lloraban, lágrimas ardientes. Sus ojos, eso dice la leyenda, lloraban. Ellos no habían nacido para sufrir la vejez o la muerte, ellos eran inmortales. Pero habían cabalgado al lado del hombre, y de él habían llegado a aprender el dolor: porque no hay nada sobre la faz de la tierra, nada que respire o camine, nada tan infeliz como lo es el hombre. Al final, bruscamente, los dos caballos se lanzaron al galope, pero hacia la batalla; Automedonte intentó detenerlos, pero no había nada que hacer: echaron a correr en medio del tumulto, como habrían hecho durante el combate, ¿comprendéis? Pero Automedonte, en el carro, estaba solo, tenía que sujetar las riendas, pero estaba claro que no podía empuñar las armas, de manera que no podía matar a nadie; ellos lo llevaron hacia los guerreros y hasta el centro de la contienda, pero la verdad es que él no podía luchar, la verdad es que parecía un carro enloquecido, que cruza la batalla como un viento, sin derramamiento de sangre, absurdo y maravilloso.


Alessandro Baricco. "Homero, Ilíada".

miércoles, 18 de junio de 2008

La delicia de los cuervos


Cada vez que alguien pretende entrar en la Ciudadela, una gota de sudor atraviesa el rostro cuarteado del guerrero. Su oficio de centinela no le deja otra opción: se acerca al rastrillo con paso firme y, a través de la celada que le hace sentirse prisionero de su propio destino, exclama:

–¡Alto! ¿Quién vive?

Al otro lado, una mano cubierta de sudor se adelanta para hacer entrega de lo que parece ser un salvoconducto. El hombre va vestido con una librea dorada y carmesí, los colores de la Ciudadela. Detrás suya, dos escoltas bien armados lo flanquean y sujetan las riendas de sus monturas. Imposible que haya cruzado el desierto de esta guisa, piensa el centinela, intenta impresionarme con sus ropas de gala. Es el turno de noche, cuando el frío del desierto empapa la Ciudadela y los aullidos de los chacales, muy lejanos, se confunden con las lamentaciones de la muchedumbre acampada alrededor de la muralla.

–No –dice el guerrero tras echar el vistazo de rutina al documento–. No puede pasar.

–¿Cómo? Eso es inadmisible. ¡La Ciudadela no puede negar la entrada a nadie del linaje de Acher!

–Mire sus manos. Está contaminado.

El puño derecho del viajero se cierra sobre el inútil pergamino, aplastándolo. Era su esperanza, la oportunidad última de pedir asilo en las Casas de Curación, el único lugar donde se dice que la peste puede ser contrarrestada. Dos noches atrás sus hombres y él comenzaron a sudar a pleno sol, el líquido acuoso y amarillento que jamás había conocido su pueblo y que los delata como enfermos. Tenía que intentarlo. Un Caballero de Acher no puede rebajarse a pasar sus últimos días vagando entre la turba apestada de los arrabales. Antes de que el guardia termine de darle la espalda, logra sujetarlo del brazo acorazado y tira de él hacia el rastrillo.

–Abra la puerta. Hágalo o mis hombres le convertirán en delicia de los cuervos.

El centinela sólo tiene que levantar el brazo que le queda libre y extender la palma de la mano para que una panoplia de flechas caiga sobre el caballero y su escolta. Vuelve a su puesto bajo el adarve, cabizbajo, lamentando lo sucedido. Una nueva gota de sudor se desliza por su frente. Está tentado de quitarse el yelmo y acabar de una vez, pero no puede faltar a su deber con la Ciudadela. Afuera, los gritos y los aullidos se mezclan con el aleteo de una nube de pájaros negros que se acerca.

jueves, 12 de junio de 2008

Incertidumbre


Mucho peor que la muerte es el miedo a la muerte. Esta perogrullada nace de la incertidumbre, de saber que la fecha de caducidad está escrita a fuego sobre tu envase pero no puedes leerla. Asusta reconocer que tu carne viva, sintiente, generadora, pensante, va a convertirse en el polvo inmundo de las tumbas, de las soledades, de los silencios. A lo que se añade la extraordinaria sensación de que te queda algo por decir y no sabes si tendrás tiempo. Que en cualquier mom

José L. Muñoz, junio 2008

sábado, 24 de mayo de 2008

Indy IV: el final de la aventura


El estreno de la última parte de la saga de Indiana Jones genera grandes expectativas, de alguna manera invita a sentirse dos décadas más joven, pues hace 19 años desde La Última Cruzada, y a acudir al cine como un adolescente que al fin tiene la oportunidad largamente esperada de ver a su héroe en la gran pantalla (en mi caso, era tan joven que las anteriores sólo llegué a verlas en televisión).

La primera mitad de El Reino de la Calavera de Cristal es apabullante: cine de aventuras en estado puro. Tanto, que Spielberg se permite la maestría de mostrarnos toda una época, los 50, en unas pocas escenas: la fiesta juvenil de las motos y el rock ‘n roll contrasta con el inconmensurable peligro nuclear de la Guerra Fría y la paranoia anticomunista de la sociedad americana. Indy, avejentado y algo taciturno, veterano de la Segunda Guerra Mundial, no se fía ni de su propio gobierno.

Si la saga continúa, también lo hace en su aspecto familiar: la indomable Marion de El Arca Perdida regresa, y su hijo es, cómo no, un aventurero en ciernes que enseguida forma divertida pareja de baile con Indy. El villano es ahora villana, los nazis pasan a ser soviéticos, y Cate Blanchett está estupenda encarnando a la inquietante coronel Irina Spalko. Es tan malvada que merecería mejor trato por parte de nuestro héroe.

Todo se complica, o en realidad se simplifica, durante la segunda mitad del filme, a medida que la historia toma senderos demasiado conocidos: la selva y la tribu virulenta, las arenas movedizas, la persecución en jeep, las hormigas caníbales, y el final con esos elementos alienígenas tan queridos por Spielberg. Han pasado 19 años y lo hemos visto casi todo, mucho cine de imitación, mucho Expediente X. A pesar de todo la película, repleta de acción y comedia a partes iguales, se sigue con agrado, mantiene la dignidad.

A la salida del cine, es inevitable preguntarse: ¿y si Spielberg hubiera sido capaz de prolongar la tensión y la originalidad de la magnífica apertura? ¿Y si Sean Connery hubiera querido interrumpir su jubilación para llenar la pantalla volviendo a convertirse en el inolvidable profesor Henry Jones? ¿Y si no hubieran pasado 19 años y tuviéramos la imaginación y la ingenuidad intactas? Por desgracia, al menos en ciertos aspectos, hemos llegado al final de la aventura.

domingo, 18 de mayo de 2008

De Animae Bestiarum, XXIV

DE LA LUCIÉRNAGA DE LA INUTILIDAD

Dice Alcibíades Mepida que la tierra no es en realidad mucho más sólida que un ser humano, ya que el fuego, el aire y el agua ganaron hace tiempo la batalla y, por tanto, Gea está tan colmada de cavidades como el interior de un hombre adulto. En la boca de uno de esos agujeros malditos, en la Galia meridional, habitaba un ser tan curioso como minúsculo. Sabemos de él sólo por Heracles el semidiós, del cual es sabido que en su bajada a los infiernos hubo de probar muchas puertas antes de dar con la correcta. En ese intento le sorprendieron las innumerables luces que titilaban en la oscuridad de la cueva, a guisa de firmamento soñado por Hades para su infierno, torpe remedo del cosmológico y real, que aparecía en los sueños del dios del infierno lleno de verde y azul por el mefistofélico humor del azufre y el lapislázuli. Heracles se acercó, cogió un par de luciérnagas en su poderosa e invicta mano y, cerciorándose de que la cueva no proseguía hasta el tártaro, se dirigió a la salida. Cuando los rayos de Febo lo cegaban pensó cuán fútil era la vida del insecto: dar luz donde nadie puede apreciarla. Si el semidiós fuera más amante de la filosofía natural que de las artes de Ares no hubiera aplastado las luciérnagas y hoy sabríamos si daban luz para aparearse, alimentarse o por el mero placer de hacerlo.

JL Muñoz Expósito, mayo 2008

martes, 6 de mayo de 2008

Dios los cría


Javier Marías concluye una novela. En Alfaguara se ponen a tocar el tam-tam. Los tambores de guerra retumban en Miguel Yuste 40.
--Hay que darlo todo, amigos --ordena el mandamás--. Prisa espera que cada hombre (y cada mujer) cumpla con su deber.
Y empieza el bombardeo de entrevistas a Javier Marías en todos los suplementos de El País, Bobelia, Tontaciones, en EPS, en el de Moda ("Las corbatas de un autor"), en el de motor ("Un escritor peatón"), en las páginas de Economía ("La cartera de valores del autor español más leído en Alemania"), en el de Cocina ("'Almuerzo un sencillo emparedado' confiesa Marías") y hasta en las páginas de Nuevas Tecnologías ("Abomino de los ordenadores, ¿qué pasa?").
--¡Más madera! --reclama el mandamás--. ¡Kamizake, kamikaze: es la tempestad que sólo pueden desatar los dioses!
Se fotografía a Marías en todas las posturas concebibles (la mayoría de ellas, bastante forzadas), se encarta con el diario un capítulo de la novela y, a la semana siguiente, como obsequio, una maquinilla de afeitar del propio Marías. Llueven Marías a cántaros, como capuchinos de punta, qué le vamos a hacer. ¿A quién le importa?
En realidad, a todo el mundo le da lo mismo. ¿A todos? ¿A todos-todos? ¡No! ¡Ni hablar! Hay un irreductible galo que se resiste ahora y siempre al protagonismo de Marías.
Mientras come un jabalí, que ha cazado con sus propias manos, el irreductible, vestido con chaleco de pescador de truchas, examina El País y siente el hervor de su propia sangre que le hincha la yugular. La envidia le reconcome. Prueba a degollar dos delfines para tranquilizarse, pero sin éxito. Escabecha un oso panda. Nada le tranquiliza: él no puede consentir que Marías salga tanto en la prensa. ¿Y él? ¿Es que él ya no existe? ¿Él, que vende más que nadie? No está dispuesto a dejarse robar plano. No, señor. Antes muerto que sencillo.
En Miguel Yuste 40, en su despacho alicatado hasta el techo de fotos abrazado a premios Nobel, Juan Cruz pasea nervioso. Tiene un presentimiento: le van a regañar. Algo le dice que se la va a cargar.
No se equivoca: suena uno de sus siete móviles. Descuelga y oye oleaje, silbidos de balas, gemidos de placer de mujeres de todas las edades y entrechocar de espadas. Lo que Juan Cruz se temía.
--¡Juanito! --grita una voz de trueno.
Es el Übermensch de las Letras, el Protomacho plumífero, el Megavendedor de novelas.
--Dime, Arturo, dime, te oigo mal, parece que no hay demasiada cobertura --explica Juan con voz melindrosa, almibarada y deferente.
--Me cago en todo. Estoy en alta mar. Coño. Joder. Mierda. Cojones. A mí no me sacáis tanto como a Marías, mi amigo Marías, me cago en todo.
--No te pongas así, Arturo, es que Javier acaba de publicar una novela.
--¡Que novela ni que ocho cuartos, Juanito, no me toques los cojones!
--No, claro, no, tú tranquilo, Alatriste. Lo vamos a arreglar, pierde cuidado.
Dicho y hecho. Al día siguiente una página y media de entrevista a Pérez-Reverte, con sus dos fotos, dos, sin venir demasiado a cuento, con la mínima percha de una edición en bolsillo.
Juan Cruz, trémulo, melífluo, admirativo, se pregunta en el titular: "¿Cómo se siente un escritor así?"
¿Que Marías reflexiona e intelectualiza? Arturo no se queda atrás. Dice de un libro suyo:
"Fue un acto de reflexión, intenso y agotador. Es de las novelas que me han dejado más exhausto en cuanto a intensidad. Y eso que es relativamente corta".
Formidable, dos soberbios ejemplares entrechocando los cuernos para demostrar ante la manada quién la tiene más grande o quién reflexiona más y con más cansancio.
Pérez-Reverte escribe libros con: "Duras conclusiones. Amargas, descarnadas. Un libro muy fuerte y muy duro".
Luego añade:
"Yo era un cazador; podría haber cazado animales, obras de arte, pero lo que cazaba eran imágenes. Yo sabía cazar la vida".
¡Guau!
Después habla de El Club Dumas, con la humildad que le caracteriza:
"El libro surge como un desafío, en un tiempo en que no se hablaba de clubes ni de nada de esto: fui un pionero. Fue una apuesta, y es el libro más agresivo que he hecho en plan desafío a lo que se estilaba en ese momento. Una declaración de principios. Estaba más solo que la una. Es un libro con una estructura complejísima [...] Pero sobre todo fue una patada en los cojones a los que tenían secuestrada la literatura en ese momento".
¡Guau, guau! Cuánta testosterona, literatura que procede directamente de los testículos, escrita con "los cojones del alma", que diría Miguel Hernández.
Menos mal que, cada vez que la literatura está en peligro, viene Alatriste al rescate, como el Séptimo de Caballería.
Cuidado, amigos, no estamos ante un inculto, nuestro hombre es académico (es de la Española, no de la Lengua, Juan Cruz) y:
"Cada semana sigo leyendo al azar a Virgilio, a Homero, a Chateaubriand, a Conrad".
¡Toma ya! ¡Y dos huevos duros!
De La reina del Sur presume Pérez-Reverte que "hasta los narcos la han leído, en Mëxico". Es una "novela musical", afirma. En las obras de Pérez-Reverte hay de todo, como en Saldos Arias: reflexión, acción, desgarramientos, intensidad, estructuras metálicas, música, oportunidades, rebajas y además se hacen arreglos a la ropa y se da la vuelta a los abrigos.
Y así hasta la extenuación.
Juan Cruz pone un titular con su declaración más importante y delatora del motivo de la entrevista:
"Soy un lector todo el tiempo, no soy un escritor, no soy Javier Marías".
Mensaje recibido, Arturo.
Al final, la entrevista se convierte en un formidable delirio paranoico. Al parecer, a Pérez-Reverte le persiguen unas malvados para acabar con su vida. ¿Será el profesor Bacterio, los pieles rojas o Fumanchú?
"No voy a dejarme matar. [...] Si un día me echan de este país, me voy a Francia, escribo allí, o en Italia o en Argentina. [...] Hay que morir matando".
Estremecedor, Arturo: se me ha puesto toda la carne de gallina.
¿A ti no te pasa? ¿A ti no te preocupa la persecución que sufre Pérez-Reverte?



Del blog de Rafael Reig, autor de 'Sangre a borbotones'. Enviado vía email por el ilustre César V.

lunes, 21 de abril de 2008

De Animae Bestiarum, Tercera Época, XXIII

XXIII EL TIGRE DE LA INDECISIÓN

Era acostumbrado que los hijos de los nobles alejandrinos aprendieran la gramática escuchando y copiando las historias de los viejos papiros guardados de la podredumbre por sus venerables maestros. Uno de los más influyentes grecojudíos en tiempos de los ptolomeos dejó escritas algunas de las leyendas que aprendió de niño, aunque la mayoría de los escoliastas señalan cuánto añadió de su propia cosecha. Destaca el texto que narra las visicitudes de los caravaneros que arribaban a Petra trayendo fuego, misterios y bellas esclavas. Contaban que existe en las selvas de los hindúes un animal hecho de silencios, rayado a fuego por los dioses crueles, con dientes infectos que cuelgan de su fiero rostro. Pecados de especie que nadie conoce han condenado a este tigre a vagar con hambre insatisfecha, rodeado de una espesura tan rica en alimento que no acierta a decidir a quien matar. Cuando el hambre es tan grande que resuelve que toda víctima es apetecible, ya no tiene fuerzas para cazar, y muere. Su piel semidescompuesta y sucia sirve de escondrijo a sabandijas y serpientes.

J L Muñoz Expósito, abril 2008

miércoles, 9 de abril de 2008

Las chicas perdidas


Acaba de publicarse en España la última obra del genio del cómic Alan Moore, y no parece que tenga mucho que ver con sus trabajos anteriores: "Las chicas perdidas" es una novela gráfica "X", o sea erótica, o sea porno, la etiqueta es lo de menos. Lo interesante es el dibujo, obra de su mujer Melinda y con influencias de artistas como Klimt, y el argumento: las chicas perdidas son las ya adultas protagonistas de Alicia en el País de las Maravillas, El mago de Oz y Peter Pan. Alicia, Dorothy y Wendy se conocen y reflexionan sobre las aventuras de la infancia, en las que según parece muchos han querido ver fuertes simbolismos sexuales. Desde luego no es la primera vez que los cuentos populares son interpretados como ritos de iniciación al sexo, véase por ejemplo "En compañía de lobos", dirigida hábilmente por Neil Jordan en los ochenta.


Más en El País

domingo, 6 de abril de 2008

De Animae Bestiarum, Tercera Época, XXII

XXII DEL ROSAL DE LA TIMIDEZ

En el Herbolario Clunaciense están consignadas las cinco mil subespecies de la rosa europea. La más curiosa sea acaso la Rosa Escondida de las florestas de Frigia. Es una planta leñosa pero pequeña, de crecimiento rápido y florecimientos fugaces, nocturna, oscura, encogida, invernal. Sus espinas son blandas y sencillas, negras y falaces. Adolece de fototropismo negativo y gusta de esconderse bajo los recios abetos cuajados de nieve, todo lo cual explica su pequeñez y fragilidad. Su primavera es el invierno de las demás plantas, pues florece con la primera helada y su flor no tiene una coloración definida; posee las capacidades miméticas del camaleón.


José L. Muñoz Expósito, abril 2008

jueves, 3 de abril de 2008

De Animae Bestiarum, Tercera Época, XXI

XXI EL ESCARABAJO DE LA PREPOTENCIA

Más allá de las húmedas praderas del Padre Océano hay una isla elevada sobre las ruinas de la vieja Atlántida que sirve de faro y aviso contra las iniquidades de los hombres. Cuando el sol se eleva por sobre las nieblas de la playa, un ejército de grandes escarabajos negros conquista las rojas dunas de fina arena. Ante la presencia de enemigos se hinchan, aumentando en cinco veces su tamaño, bufan, haciendo resbalar sus antenas por sus ojos, un horrible sonido rítmico y amenazante como los tambores de Baco, abren sus élitros y mueven sus alas con tal frecuencia que lo hacen audible en la distancia. Alcanzado el volumen máximo revientan como una pompa de jabón con un ruido crujiente y festivo, no quedando de ellos más que una pulpa blanca y muerta, utilizada por los habitantes de la isla en sus orgías nocturnas.


José L Muñoz Expósito, abril 2008

miércoles, 2 de abril de 2008

Librería Lello, Oporto.


Al arribar a la ciudad de Oporto el viajero se encuentra cansado, pero sabe que el motivo del agotamiento no es el trayecto, sino la ciudad. Oporto hace honor a su fama decadente, y empeora con los siglos al contrario que sus vinos. La magnitud del puente Eiffel habla de un pasado glorioso convertido en presente histórico para turistas al por mayor. Desde el monumental Ayuntamiento hasta la ribera todo es cuesta abajo, como viene siendo la importancia de la ciudad, que hasta en sus precios hace asequible el lujo para el viajero de la oportunidad. Almorzar en el palacio de la Bolsa no es ya coto privado del hombre de negocios, sólo privilegio del viajero persistente y pertrechado. Una ciudad basada en contrastes que ya no existen tiene la obligación de ofrecer un tesoro escondido para asombro del viajero: la librería Lello se yergue al cabo de una calle menos empinada de lo que cabría esperar, cerca de la torre de los Clérigos que es también atalaya hacia las bodegas al otro lado del Duero. La ciudad está llena de iglesias pero esta es su catedral de libros, y al igual que en los templos donde la vista se centra en las estatuas para no contemplar al dios, en la librería Lello el viajero es incapaz de mirar los libros. Aunque hay profusión de ellos incluso en ediciones de lance, su atención se centra en la escalinata ciclópea, voluptuosa, y a través de ella el viajero asciende al piso superior. Allí arriba, fascinado, vuelve la vista para encontrar una vidriera quebrada por el sol y, bajo ella, tres recoletas mesas de café. Entonces el viajero comprende que sólo en la ciudad de Oporto era posible hallar, aun sin buscarlo, el equivalente grandioso de un lugar extinguido por bohemio y que una vez estuvo en la ciudad fronteriza a la que el viajero, renuente, deberá regresar.

martes, 1 de abril de 2008

De la función de relación, los sentidos y las percepciones, V


V

Siempre pensó que los responsables de marketing de los centros comerciales deberían modificar la monótona letanía –bip, bip, bip- de los productos al pasar por el escáner. Él haría que a una nota siguiera otra, incluso podría formarse la melodía del anuncio de la compañía. En fin, se dijo. Apretujó las bolsas, las atiborró de sus compras, y no con el objeto de ahorrar petróleo, sino por lo mucho que le molestaba cargar con tanta bolsa del garaje al ascensor, del ascensor a casa. Cuando le entregó la tarjeta de crédito a la cajera, se produjo el suceso: sus dedos se rozaron con los de la chica, se miraron, sonrieron. Él le quitaba la ropa lentamente, ella con brusquedad, y se amaron entre dos carros en un parking solitario más allá de la hora de cierre. Eso nunca sucedió, por supuesto, pero el lo imaginó miles de veces y con miles de variantes. Fue la mujer de su vida.

José L Muñoz, marzo 2008

domingo, 30 de marzo de 2008

Qué sabemos de los demás...


Sophie Calle, "The shadow" (1981)

De la función de relación, los sentidos y las percepciones,IV


IV

¿Coral caribeño? ¿Arrecife salvaje? ¿Qué nombre habría de tener el nuevo aroma? Hacía mucho tiempo que no despertaba su prurito profesional el hecho de que el perfume de cada temporada era el mismo de la anterior, al que simplemente se añadía o sustraía unas pocas partes por millón de alguno de sus aditivos. Doce años sin apenas vacaciones en el laboratorio de perfumería simplifican la vocación de cualquiera hasta lo irrisorio. Así que cuando encontró a su padre en el pequeño apartamento, con el mando de la tele agarrado en su mano desde hacía casi tres meses, lo que menos notó fue el olor a muerto.

viernes, 28 de marzo de 2008

Naufragio cultural

Cuesta creerlo, pero queda todavía mucho intelectual jactancioso aferrado a la cultura que no existe. Esa cultura libresca ya no existe pero duele a la manera violenta de los órganos mutilados que se resisten a no ser nada en la atención del cuerpo.

Estos intelectuales que rechazan la sociedad de consumo, la televisión, el móvil, los i-TAL y toda su significación, se aferran al saber del siglo pasado o el anterior. Se aferran como náufragos pero suponen que lo hacen además como mártires y santos. Lo mismo es. La muerte de sus creencias se cumplirá necesariamente en paralelo a la desaparición de sus objetos de culto. Incluso ellos mismos perciben esta fatalidad pero, se dicen, ¿será así para siempre? ¿No sobrevendrá una reacción de la especie en un determinado punto que impida al fin esta barbarie? No vendrá. La decadencia no se encuentra en los nuevos modelos que les horrorizan sino en los elementos carcomidos que estrechan contra su pecho. Morirán juntos y esto es, sin duda, lo mejor. Moriremos juntos, la cultura escrita y nuestra biografía, y así la consolación será tan silenciosa como plena. No habrá cerebro que aúlle registrando el dolor puesto que habrá desaparecido ese artefacto orgánico preparado para gozar o sufrir en un sistema cultural que está siendo destazado. ¿Un mal para el alma de la especie? ¿De qué alma especial se habla? ¿De qué mal particular se trata? Nuestra ética se funde con una ideología segregada por las condiciones materiales o estructurales a la manera de Marx. Cuando la estructura se transforma (abunda la telecomunicación, el intertexto, el hedonismo, el sensacionalismo, lo audiovisual) la ética general se altera, la ideología cambia y la metamorfosis alcanza también a los mitos y, al cabo, la Naturaleza interminable lo factura.

Artículo de Vicente Verdú publicado en su blog. Comentarios a vuelta de página.

martes, 25 de marzo de 2008

De la función de relación, los sentidos y las percepciones,III


III

En ocasiones se sucedían breves momentos de calma entre dos ataques. En ellos, rememoraba los inicios en su profesión. Un trabajo extraño que poseía el vértigo de los cargos vitalicios: no se deja el cargo hasta morir, y siempre se sustituye a un muerto, que, además, fallecerá siempre en el estricto cumplimiento del deber. La primera vez cumplió su cometido con un pollo con almendras al vino, mas el miedo que le poseía le impidió saborear ese manjar de reyes. No disfrutó de veras hasta dos meses después, con aquellos sesitos de pájaro escabechados con cebolla, un sabor de textura tan suave que le pareció estar masticando sabiduría. Se encontraba rememorando el crujir de los huesecillos de alondra, cuando el dolor volvió de repente, brusco, violento, animal, y ya no le abandonó más. Así murió Ramiro, catador de la reina.

J. L. Muñoz Expósito, marzo 2008

domingo, 23 de marzo de 2008

De la función de relación, los sentidos y las percepciones,II


II

Era como un río silencioso, casi una marea humana que corría deshaciéndose al azar a izquierda y derecha, haciéndole sentir que, a su pesar, era el único que se dirigía hacia el andén, del que parecían huir todos apresuradamente. Le resultaba penoso que una abundancia tal de personas se mantuviera en el más angustioso de los silencios. Pulsó el play de su reproductor mp3 y se internó en el tren, que no le esperaría.

José L. Muñoz, marzo 2008

viernes, 21 de marzo de 2008

De la función de relación, los sentidos y las percepciones, I


I

Sentía la taza suave y caliente en la mano; el humo se hacía casi tangible en las volutas de aroma intenso a café sin azúcar. El primer sorbo fue un baño de sabor a trabajo, melancolía y libertad, el segundo, una caricia ardiente en la garganta, que se abrió jubilosa ante aquel líquido selvático y negro. Suspiró y dejó la taza sobre la mesa con mucho cuidado, aún a pesar de que estaba ya apurada. La mujer a su lado alargó la mano y, cogiendo la de él, tanteó sus dedos lentamente, convirtiendo en un instante la extrañeza de dos almas separadas por sus carencias en el conocimiento atávico de sus epidermis. Él sonrío, movió sus muertos ojos y le preguntó: - y tú, ¿desde cuándo sabes que eres ciega?

José L. Muñoz, marzo 2008

sábado, 15 de marzo de 2008

Lázaro


La noche estaba plena de oscuridades, de monstruos, de cavidades. No había estrellas en la niebla sin luna, nubes más negras que la ausencia de todo se adivinaban en su aciago movimiento y en sus fronteras gaseosas llenas de miedo. Me encontraba plenamente aquietado y temeroso, encerrado y constreñido al abrazo fatal de la inmovilidad. Los chillidos silenciosos de los murciélagos me acompañaban en el febril revoloteo de mi cerebro, que soportaba la tensión horrible de la desesperanza.

Pero acabé concentrándome en mis manos, en la punta de mis dedos. No me era permitido otro movimiento que el roce eterno de una uña con la palma de la mano. Pero ese leve rascado fue mi salvación. Una salud beatífica fue propagándose alegremente por mis brazos, hasta que por fin, cumplidas todas las cosas, desgarré las blancas telas que yo entreví sudario y mortaja, y me levanté, viendo como el sol asomaba ya tras las lejanas montañas para iluminar mi lecho y conciencia.

Nadie me dijo, a no ser yo mismo, Lázaro, sal fuera.

José L Muñoz Expósito, febrero-marzo 2008

jueves, 31 de enero de 2008

Los crímenes de Oxford

La trama

Alex de la Iglesia, a partir de la novela homónima del argentino Guillermo Martínez, pone en juego un puzzle o cluedo cuyo propósito no es tanto descubrir al asesino como constatar la transformación que para los personajes supone verse envueltos en tales crímenes y enfrentarse a la responsabilidad de sus acciones. La peculiaridad de los asesinatos es que se cometen sobre moribundos y, salvo el primero, son imperceptibles, podrían haber pasado por muertes naturales si no fuera por la voluntad del criminal de reivindicar su autoría y desafiar al eminente profesor Arthur Seldom (John Hurt) a un tour de force matemático. Como ya se manifiesta en la escena inicial, el objetivo de la película pasa por resolver la dicotomía de si la realidad puede ser constatada y reducida a través de la lógica, o tan sólo es fruto del azar y por lo tanto imprevisible.

Los actores

John Hurt domina la pantalla con su magnífica capacidad de interpretación, idónea para que el espectador se sienta seducido y engañado a un tiempo. Elijah Wood se desenvuelve con corrección en su papel de joven y norteamericano estudiante de matemáticas una vez superados los primeros minutos de metraje, donde hay que esforzarse para separar de su rostro al pequeño héroe Frodo Bolsón. Leonor Watling es una concesión o regalo que el director hace a su propia lujuria y a la del espectador masculino: se desnuda en varias escenas tan innecesarias como gratificantes (por lo demás, está estupenda en la piel del contrapunto carnal a las obsesiones criptográficas de profesor y alumno).

El resultado

El guión funciona perfectamente (a pesar de contener las trampas inevitables en películas con sorpresa final), si exceptuamos el postrer y confuso episodio del accidente de autobús. La narración se construye a base de diálogos, no de acción, enmarcados en una puesta en escena casi gótica, en una ciudad de Oxford tétrica y ominosa que parece tener ascendencia sobre el comportamiento lunático de los personajes y que nos recuerda al singular periplo oxoniense de Javier Marías en Todas las almas. Alex de la Iglesia domina los clichés del cine de misterio y los sobrepasa para ofrecer uno de esos largometrajes que te mantienen atado a la butaca del cine y, a la salida, sugieren tertulia.

lunes, 28 de enero de 2008

El Timbre


Era lunes por la mañana, creo, todo lo más martes, pues la infinita desazón del engarce cíclico de una semana con la otra pesaba sobre mi mente como la muerte propia. Salí de casa con prisa y cerré bruscamente la puerta. La oscuridad más absoluta reinaba sobre el rellano, sólo el diodo rojo y parpadeante del ascensor en uso delimitaba la realidad de la noche eterna. Queriendo encender la luz, apoyé mis dedos sobre el timbre de mi propia casa, vacía a esas horas. Sonó un ding dong reverberado de soledad y ausencia. Cuál no fue mi sorpresa cuando oí pies que se arrastraban de sueño hacia la puerta. Una luz se enciende en el hall, y la puerta se abre.

Allí estaba yo, o él, no sé como decirlo. Me miraba, amplia sonrisa. Yo no sonreía. Él adelantó su mano para saludarme. La estreché con fuerza y él hizo lo mismo. Sentí su mano como en ese juego infantil en el que se cruzan los dedos y tocándote con uno sientes dos. Yo me sentí uno, pero era dos. Y él seguía sonriéndome.

Adelanté otra vez mi brazo para ver si tocaba un espejo, pero el entendió mal el gesto y volvió a cogerme la mano, haciendo que su sonrisa derivara en extrañeza, pero sin perder la alegría de sus ojos. Cuando volvimos a separarnos me hice más consciente de la extraña simetría. Éramos uno desdoblado, dos unidos más allá de la física. Pero creo que en toda simetría hay direccionalidad. Él sonreía, yo no. Quizá porque él continuaba en casa y yo había perdido la mía.

J L Muñoz Expósito, Enero 2008

jueves, 24 de enero de 2008

Paratertulia, I


Cuando entró en la cafetería, había ya tres tertulianos con sus cervezas mediadas. Sus manos proseguían la lucha dialéctica en una suerte de batalla por los pocos pistachos que restaban en la góndola de porcelana. Augusto, Germán y Manuel. No había chicas.

Mientras colgaba el abrigo del perchero el camarero se acercó a hacer su pedido. Una Mahou bien fría, por favor. No había acabado de dar la mano a sus amigos cuando se la sirvieron.

- ¿De qué se habla hoy? – preguntó.

El matemático Germán frunció el ceño, Augusto el dentista se encogió de hombros y el comercial Manuel acabó por contestar.

- De Música, tío, pero siempre acabamos en lo mismo.

- Me imagino que en la subjetividad más absoluta, ¿no?

- Efectivamente. No hay manera.

No lo traía pensado, pero una idea le salió a borbotones.

- El otro día estuve pensando la extraña relación que existe entre los instrumentos musicales y el sexo.

Germán volvió a fruncir el ceño, Manuel se mostró sonriente y muy interesado. Pero Augusto dijo:

- No nos jodas con tus vainas, Joselito.

- No en serio, es muy curioso.

- Pon ejemplos.

- A ver. El más fácil. La guitarra eléctrica es un sustituto de la masturbación. Un culto al falo. Ese mástil, acariciando los trastes, esos tonos agudos que van subiendo hacia las escalas más altas en las que la distorsión y la estridencia van a dejar paso a…

- Corta… - dijo Manuel -. Yo en la ducha me lo paso mucho mejor…

- Hombre, no digo que la guitarra sea igual que la masturbación, digo que es un sustitutivo. El sucedáneo de chocolate no es chocolate.

Se calló, miró por la ventana y sorbió la mitad de la cerveza que le quedaba. Germán el matemático salió de su mutismo para decirle:

- Mira, acabo de descubrir por qué te dura tanto la cerveza. Es como la paradoja de Zenón, sí, la de Aquiles y la Tortuga. Sólo te bebes la mitad de la cerveza que te queda en cada sorbo. Con lo cual nunca llegas al final…

- Dinos otro ejemplo de instrumento – cortó Manuel.

- La armónica.

- ¿Con qué relacionas la armónica?

- Es lo más parecido a tener el flikis en tu boca.

- Qué bestia eres – dijeron los tres al unísono- Como se nota que no han venido Marta ni Lorena.

Tuvo que admitir que tenían razón. En su mente profundamente asociativa iban desencadenándose más y más ejemplos.

- Otro muy curioso es el bajo. ¿Os habéis fijado la posición de los dedos al pulsar las cuerdas? No hay nada más parecido a la estimulación del clítoris.

- Tío – le dijo Manuel -. ¿Cuánto llevas sin …?

- Uy, pues hay más. Muchos más. El arpa, la flauta, el saxo, la trompeta, el piano, el violín, la viola y el violonchelo… Pero el mejor es, sin duda, la gaita. Venga, os los dejo como ejercicio.

Se levantaron al unísono, pagaron en la barra y salieron a la fría noche de la ciudad muerta.

JL Muñoz, enero 2008

jueves, 17 de enero de 2008

Festín de Cuervos


Discute Martin en su epílogo al tomo IV de Canción de Hielo y Fuego si es mejor decir la mitad sobre todos los personajes o decirlo todo sobre la mitad de ellos. Él se ha decantado claramente por la segunda opción en esta entrega.

Esto hace que el tomo sea más una transición que una continuación, con lo que, a mi juicio, el nivel se resiente. El problema, sobre todo, recae en el tempo de la novela. Ya acabó el verano, se acerca el invierno, pero el tiempo se ha detenido en un otoño semicálido donde los acontecimientos más que suceder, se acumulan. A los innumerables personajes de la saga se añaden en esta parte un rosario de nuevas personalidades que, en general, añaden nuevas perspectivas a la serie. Además, ciertas partes de la geografía de poniente, como Dorne y la Ciudadela de Antigua, así como Braavos, que nunca habían sido más que una referencia lejana, pasan a cobrar un protagonismo importante.

No voy a desvelar nada de la trama, sólo me atrevo a señalar los personajes presentes (Cersei, Jaime, Brienne, Sansa (Alayne), Arya (Gata de los Canales), Samwell), y los ausentes (Jon, Tyrion, Stannis, Bran, Danyeris...).

El placer de a lectura ha sido mayúsculo, desde luego, pero si en las anteriores entregas fue de cuerpo 24, esta vez de tipo 12.

sábado, 12 de enero de 2008

Dedicado a Ángel González, poeta


"Ciertamente es extraño no poder habitar más la tierra, dejar para siempre de practicar unas costumbres apenas aprendidas, no dar a las rosas y a las otras cosas, que de suyo eran ya una promesa, la significación de un futuro humano; no ser más que lo que se era en unas manos infinitamente angustiadas, y tener que desprenderse aun del propio nombre como quien arroja, lejos de sí, un juguete roto. Extraño no seguir deseando los deseos. Extraño ver todo aquello que nos concernía como flotando suelto en el espacio. Y penosa la tarea de estar muerto".

Rainer Maria Rilke. Las elegías del Duino. Primera elegía (extracto).


Ya nada, ahora

Largo es el arte
la vida en cambio corta
como un cuchillo

pero ya nada, ahora
ni siquiera la muerte
por su parte inmensa
podrá evitarlo.

Exento, libre
como la niebla que al romper el día
los hondos valles del invierno exhalan

creciente en un espacio sin fronteras
este amor, ya sin mí,
te amará siempre.


Ángel González.

martes, 8 de enero de 2008

Dalias en invierno


Truffaut dice que no puede saber si una película es buena o mala cuando solamente la ha visto una vez. Es un cineasta excepcional y un crítico muy acertado, sensato y perspicaz. Un ejemplo de lo que digo: entiende mejor que muchos que el cine de serie B, con su popularidad y su efectismo comercial, esconde no pocas virtudes cinematográficas; las que aportan algunas películas de Alfred Hitchcock y la mayoría de Samuel Fuller. “Disparad contra el pianista” es un buen ejemplo, algo más que un simple guiño cinéfilo, de lo que digo.

Hace tiempo que, un poco hastiado de las decepciones del cine de estreno, decidí convalidar mis ansias cinéfilas con el rencuentro con un puñado de películas de hace varios o muchos años, pelis que, en su mayoría, ya había visto en alguno de los numerosos rincones de a doble sesión que frecuenté en mi juventud. El cine en casa ahora es más fácil que nunca. “No es lo mismo que la pantalla grande”, me dice un buen amigo. Es verdad, ahora estoy convencido de que es mejor.

No puedo decir que todas las películas que he revisitado me hayan gustado tanto o más que la primera vez. No sería cierto. Para no extenderme, he seleccionado tres con las que, por unas u otras razones, he experimentado el placer de El Cine.


1. JOHNNY GUITAR (Nicholas Ray). Considerado como un western crepuscular, cuenta con los buenos elementos del género, sin desmerecerlo. Johnny aparece (luego sabemos que re-aparece) en el salón de Viena, armado de una guitarra y un pasado del que no quiere acordarse. Dicen que todo hombre tiene un precio, y toda mujer un pasado. Aquí es al revés. Dos mujeres que se odian y un muerto antes del primer disparo. Hay una historia que se escurre entre los cortinajes de los escenarios, en unos diálogos secos y a veces broncos, especulando con una tensión que se rompe solo con los estallidos de la dinamita en la cantera próxima. Es un western sin apenas exteriores, solo el rojo de la camisa de Sterling Hayden y el negro del traje de la Crawford. El baile en el salón vacío y clausurado es una escena magistral. “Dime que siempre me has esperado, Johnny. Miénteme”.

2. JULIA (Fred Zinnemann). Lillian (Joan Fonda) es una escritora que ambiciona el éxito, del que no sabe disponer ni disfrutar sin la presencia de su marido y su amiga de la infancia, Julia (Vanesa Redgrave). Elementos de trhiller para una puesta en escena de época cuidadísima: la desaparición, la búsqueda, una organización clandestina, el éxito que naufraga en una Europa que hace aguas durante el nazismo. Un viaje en tren desconcertante, largo y tenso, en el que la viajera desconoce todo lo que le está pasando con esa torpeza del que juega a ser ingenuo. Zinnemann ha hecho películas perfectas, como “Solo ante el peligro” y “Un hombre para la eternidad” y otras simplemente espléndidas. Memorable la escena en que la Fonda intenta encender un cigarrillo sentada en la playa y apoyada en una cimbreante e inservible valla de maderas.
3. LA DALIA AZUL (George Marshal). Confieso mi pasión casi enfermiza por el cine policiaco de los 40s y 50s. Tanto más cuanto que aceptaré sin aspavientos toda sorpresa o crítica mordaz ante la elección de una película tan imperfecta. Un Raymond Chandler con prisas resulta el paradigma del desafuero: dialogos chispeantes de ironia y reproche (“le sientan muy mal las manchas de carmín al cuello de su camisa”) en un argumento deslavazado y a ratos inverosímil. Además, con ser una pareja icónica, Ladd y la Lake (guapos, exitosos, alcohólicos y enfermos mentales) no dan la talla aquí. Y sin embargo hay escenas impresionantes como la paliza y el secuestro de él. Y toda la película exhala un perfume de negritud embriagador. Algo parecido me ha ocurrido con FORAJIDOS (la mejor Ava Gardner en un clásico de Hemingway, The Killers), GARDENIA AZUL (guapisima la Baxter en un sobrio y duro film de Fritz Lang) y LA NOCHE Y LA CUIDAD (imponente Richard Wirdmark huyendo de su sombra por los bajos de la cuidad en busca de la perfecta Gene Tierny, más guapa que Laura, dirigidos por Jules Dassin).

Espero sus propuestas. Blackmail.